Salvatierra, Gto.

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El Chan

 

Juan José Cruz Zavala



Empieza a caer la tarde, el viento arrecia y las nubes cargadas de agua negras y densas se apelotonan por el lado de la sierra de los agustinos  -apúrenle por que de seguro llega la tempestad. Cuando viene la nublazón por ese rumbo la lluvia no falla.-
Caminando por brechas y entre los  maizales. El pasó cada vez más ligero, se aproximan al caserío por el rumbo de la Esperanza Ahuizotla buscado el refugio seguro de la humilde vivienda, próximos al sitio y ya a obscuras, se oyen los ladridos cercanos de los perros  y el trajín de los arrieros que prestos, ponen a buen recaudo cabras y vacas ante el inminente temporal.
 
  A la débil luz  del aparato de petróleo, entre sorbos de café, tortillas recién hechas, frijoles y salsa roja los cansados cuerpos se alimentan y relajan en deliciosa comunión familiar, mientras que afuera, el viento sacude con violencia los árboles y el agua escurre por la teja roja que resiste el vendabal que cada vez mas violento, arremete contra la frágil casa hecha de adobes y piedra.

  La leña crepita en el fogón e inunda la casa con un agradable calor. Se escucha a lo lejos el jadear y los pitidos del tren que llega a la ciudad, van mas de las nueve, es el momento de la platica, de recordar las historias contadas por los mayores. Por generaciones se han reunido a escuchar las familias campesinas las narraciones de los ancianos; los consejos, las historias y los bellísimos versos que antaño se recitaban; las antiguas canciones de amor y desamor, de pasiones insatisfechas, las historias de difuntos y las hazañas de crueles matones y ladrones.

    El Lerma, crecido arrastra todo. Brama dicen como animal enfurecido que reclama la paz, su tranquilidad. En noches silenciosas se escucha en todo Salvatierra su reclamo, su bramido de bestia salvaje y no hay arriero que salga por sus  riveras y menos se arriesgue a cruzarlo.

  • por el rumbo del charco, adelante del salto y río abajo ya nadie se quiere bañar, cuentan que la semana pasada al difunto Melquíades, el chan lo jalo de las piernas y lo arrastro a las profundidades, y ya ven que al charco no se le conoce fondo. Lo ahogó rápido  y lo soltó hasta después de una semana, lo sacaron amoratado, abotagado, y con el terror reflejado en el rostro. Ya ni su tata lo reconoció. El chan lo dejo listo para el hoyo. Ni el párroco le quiso oficiar la misa.-

 

           -Ese chan no respeta ni a los niños, el año pasado igual sucedió con el hijo mayor de pedro, aquel que tiene su labor pegada al cerrito de la cruz. Lo jalo hasta el fondo del charco y vaya que el muchacho era listo para nadar, cuentan sus compañeros que cuando sintió el remolino que produce el chan al jalar, el chiquillo nado para la otra banda del río y el chan que lo jalaba y jalaba y el muchacho manoteaba desesperado. Gritaba que le ayudaran entre zambullida y zambullida… hasta que se perdió en el agua. No. Nadie le quiso ayudar, para que… nomás le aventaban las reatas del otro lado del río a ver si las pescaba y la gritería maciza le indicaba que se agarrara, pero nadie se aventó a río. Fue más el miedo que el valor. Seguramente no se encomendó al Creador en la mañana, y ya ven, a Dios no hay que tentarlo de paciencia.-

   Afuera, truenos y relámpagos, la lluvia torrencial continua regando el valle y de vez en vez, se escucha el temido bramido del  padre Lerma que crecido, continua arrastrando lo que se atraviese. Mientras en el interior las viejas con devoción han empezado  encender las velas benditas para apaciguar al cielo. Comienzan a sentirse las crecientes en los bajaderos de agua que se dirigen al río que continua implacable su ciclo eterno.

 

 
*chan (del azteca chian) entre las clases indígenas cierto espíritu encargado de conservar los veneros de agua; especie de duende. Francisco J. Santamaría. Diccionario de mexicanismos.

 

 

El sueño

 

Juan José Cruz Zavala

Rocío Eugenia Cruz Gómez

 


Con mayor frecuencia, se sobresaltaba y daba vueltas en la cama. Sudaba copiosamente hasta que de súbito recuperó la conciencia.
Sintió una seda abrasadora por lo que encendió la lamparilla del buró localizando su agua embotellada apurando su contenido.
Pensó para sus adentros que sería mejor asearse y levantarse pues seguro estaba que la noche seria de insomnio. 
Recordó lo trajinado del día y la discusión que tuvo en su trabajo. Recordó la cena copiosa y pensó que cualquiera de estas causas podría ser el origen de su falta de sueño.
Pensó para sí que sería mejor levantarse y salir a caminar. Se puso los jeans, una playera y se calzó los tenis, recordó que tenía su cafetera llena de líquido por lo que se dirigió a su cocina, calentó el café y lo vertió en su termo. Tomó sus cigarrillos vio que eran las tres a.m. de aquel jueves del mes de junio y se dirigió a la calle.
Sintió en el rostro el calorcillo de verano percibiendo un fuerte olor al huele de noche, planta nocturna que despide un fuerte y penetrante olor. Se encaminó por la calle hasta el portal de la columna y le pareció oír murmullos entre la noche, miró al otro extremo de los portales y le pareció ver algunas sombras vagas, como flotando que en corrillo cuchichiaban, Caminó hacía ellos pero a medida que llegaba al lugar las sombras se hacían mas difusas hasta que se desvanecieron.
Siguió su rumbo hasta llegar al ex convento del Carmen seguido por un fuerte olor a los huele de noche – que raro – pensó para su coleto, hace años que quitaron estos olorosos arbustos 
Se sentó en una banca encendió un cigarrillo y percibió que la luz de las lámparas era cada vez pálida y creyó que la calle estaba empedrada, cosa irreal pues sabía perfectamente que había asfalto. A lo lejos distinguió vagamente a una pareja que caminaba como entre neblina, flotando y les levanto La mano en señal de saludo y percibió con claridad como una de las mujeres se lo devolvía moviendo la cabeza y casi de inmediato desaparecieron.
 Ya sorprendido, encendió de nueva cuenta otro cigarrillo y entre sorbos de café se quedo meditabundo y empezó a creer a escuchar algunas campanillas dentro del ex convento del Carmen, volteó hacia el lugar y vio las puertas cerradas. Llamándole la atención mas murmullos por la calle de Hidalgo por lo que volteo sorprendido y vio como entre sueños familias enteras caminando, algunas personas voltearon y a lo lejos lo saludaron les devolvió el saludo tímidamente y no sin cierto temor. Se empezaba a sentir incomodo por lo que se levantó rápidamente tropezando y cayendo al suelo, entre el lodo, se incorporó  y decidió pasar por los arcos del ex convento del Carmen cuyas puertas de madera curiosamente se encontraban abiertas. Sintió sus pasos retumbar con un eco inusual y se mareó por los olores de la planta nocturna que le seguía a todos lados. De súbito empezó a escuchar rezos y cantos monótonos con una claridad que le asombró hasta el espanto, apresuró el paso y volteó hacia atrás y pudo apreciar que afuera del templo había un gran número de personas vestidas con ropas de gala, de negro como si estuvieran de luto. Los vio entre una neblina verdosa, luminosa y que flotaba alrededor de los seres. Nuestro héroe casi corre sin voltear llega al mercado Hidalgo y escucha voces que le saludan con el Primitivo saludo de “Ave María Purísima” no responde y se apresura a llegar a su morada. Llega a la puerta de su casa, con prisa abre la puerta  deja de percibir el penetrante olor a huele de noche que lo acompañó en su paseo nocturno. Se lava la cara y presuroso se mete a la cama. 
Entrada la mañana despierta y lo primero que recuerda es la aventura de la noche anterior –vaya, que sueño tan irreal y cruel tuve anoche, una auténtica pesadilla.  
Se incorpora de la cama y lo primero que ve es la cajetilla de cigarros casi vacía, revisa sus zapatos tenis raspados y con lodo, ve su pantalón enlodado que se encuentra en la posición que lo dejó anoche. Busca la toalla que aún se encuentra húmeda y que fue con la que se secó cuando regresó de la calle –no, carajo nunca tuve un sueño, efectivamente Salí y me perdí en el tiempo y en el espacio. Sintió calosfríos, miedo, se santiguó y corriendo fue hacia el baño y vomitó.

 

 

La Cruz de Culiacán

 

Miguel Alejo López
Cronista de la Ciudad de San Andrés de Salvatierra

 

Todas las tierras americanas que fueron conquistadas por España, son pródigas en leyendas, que forma, pudiéramos decir, la esencia misteriosa y atractiva de sus más bellos rincones y ponen de manifiesto la hidalguía de los antiguos caballeros. En la quietud de la noche y a la luz de cintilantes estrellas se recorta majestuosa la silueta del coloso que vela el sueño del Valle de Guatzindeo, Culiacán, inmensa mole que ha visto correr los tiempos, y como los rincones adorables está coronado con una leyenda de amor y abnegación. Hace muchos, muchos años llegó a estos lugares una india, cuya hermosura asombraba a los que la miraban, acompañada por sus padres indios ya ancianos; establecieron su vivienda lejos del centro de población, en el corazón del cerro de Culiacán. Rodeose esta familia de tal misterio que llegaron a atribuírsele, sobre todo al indio, el carácter de hechicero, cosa que no llegó a comprobarse. Es casi seguro que las razones que impulsaron a aquella familia fueron en primer lugar, la hermosura de la joven, y el temor de que fuera objeto de la codicia de los hombres blancos establecidos en el valle, pues cuenta que el indio seguía considerando a los españoles enemigos de raza, pero ¿quién puede oponerse a que la juventud busque y viva de ilusión, y amor?, no existen distancias ni rejas que impidan que dos corazones jóvenes y leales se complementen, y así sucedió que la hermosa india se encontrara con un apuesto caballero español, don Pedro Núñez, y que el travieso cúpido lanzara sus flechas e hirieran a aquellos dos corazones opuestos por la raza y los ideales, y el amor que todo lo vence forjó un idilio tan grande y tan hermoso que la india pasabas horas enteras a la vera de su choza con la mirada perdida en la inmensidad, soñando con su amor; éste alimentado con las entrevistas que tenían, iba creciendo y constituyendo la felicidad más grande de la joven india. Más esta felicidad fue empañada por el descubrimiento que de aquellos amores hiciera el padre, quien manifestó su disgusto y aseguró que jamás lo permitiría.

¿Iba a truncarse aquel idilio?. Jamás, es más fácil contener las aguas de un torrente impetuoso que arrancar un verdadero amor del corazón, y así, la india que entregara su amor al apuesto caballero no pudo dejar de verlo. La situación era apremiante, y se recurrió a todos los medios para lograr el consentimiento para la celebración del matrimonio, y como no se consiguiera, éste se realizó no obstante la oposición del padre. Un matrimonio así movió al pueblo a asistir y dar realce con su presencia a aquel acto. Y como en los cuentos de hadas vivieron muy felices aquellos esposos a quienes había unido un inmenso cariño, paseaban por las riberas del río cogidos de la mano y arrullados por sus murmullos, pero esta dicha no fue duradera porque el indio de raza indómita no aceptó el matrimonio de su hija con el español, aprovechando una oportunidad dio muerte a ésta en el lugar que fuera testigo de su amor, aquella belleza se extinguió teniendo como salmo y oración fúnebre la potente voz del caudaloso Lerma. El cadáver fue sepultado en forma subrepticia, por un peón que lo encontró, temiendo que se le inculpara del crimen. Sin que la tumba de aquella india, amante, esposa y cuyo nombre fue María quedara un epitafio en su memoria. El apuesto caballero don Pedro Núñez, se dedicó a la vida religiosa, entrando en la Orden de los Carmelitas Descalzos, y fue él, dicen las crónicas, quien colocó la cruz en lo alto del cerro del Culiacán, para acallar los fuertes lamentos que se oían en todo el valle, por la pena de su amada. Y que lleva por nombre "La Cruz de Culiacán".

 

La visión del Caballero Lagarto

 

Miguel Alejo López
Cronista de la Ciudad de San Andrés de Salvatierra

 

En el año del Señor de 1511 el joven Gerónimo López tuvo un sueño que cambiaría su vida, se le reveló un símbolo enigmático que surgía sobre una carabela navegando en el mar océano rumbo a las tierras recién descubiertas por Colón en el otro lado del mundo: un lagarto que se plasmaba sobre su escudo antes de entrar a la batalla. Después de esa visión nada volvería a ser igual para él, experimentaba en su interior un cambio que oscilaba con la exactitud de un péndulo sobre el escenario político de su época; era un hombre de la transición que se debatía entre su origen medieval y la nueva mentalidad renacentista.

En el ambiente circunstancial de su entorno temporal, era natural que el humanismo y el renacimiento entraran con fuerza en España con sello propio, donde musulmanes, judíos y cristianos convivían en una armonía que escandalizaría al propio Torquemada. La España de Carlos V se había anticipado a los tiempos con algunas manifestaciones innovadoras aún cuando el celo de la reconquista la llevara muchas veces a atrincherarse en los bastiones de la intolerancia. Este sello caracterizó la vida de Gerónimo López en un país de contrastes, tanto de individuos como de comarcas donde la religión permitía acometer grandes causas.

La inesperada aparición de nuevas tierras que poco a poco se convertirían en el nuevo mundo engrandeciendo hasta lo impredecible el dominio español, hizo que se elaboraran imágenes mentales sobre la nueva realidad en muchos españoles de su tiempo, para dejar la comodidad de lo conocido por la incertidumbre de lo desconocido.

Como Hernán Cortés, nació en Extremadura, natural de Cáceres fue hijo de Antón López de Viar y de Elvira Fernández de la Cuesta y nieto de Garci López y de Elvira Fernández de la Parra, hidalgos todos ellos en la nueva sociedad española. Pasó su infancia en la Villa de Pedroso, al llegar su juventud le atrajo la cosmopolita Sevilla donde conoció a Cortés. La amistad prosperó, de Cortés imitó el espíritu de aventura y la ambición por obtener grandes riquezas en las tierras del otro lado del océano, juntos se integraron a la expedición de Diego Velásquez para la conquista de Cuba donde conoció a Pánfilo de Narváez y a fray Bartolomé de las Casas para compartir con todos ellos, muy a su manera, las nuevas realidades del mundo. Terminada la conquista de la isla, como buen hijo-dalgo, volvió a España y a la Sevilla de sus amores para buscar los favores del emperador. Pasaron algunos años para que la Providencia lo tocara, en la primavera de 1520 conoció a Julián de Alderete, el gran maestro de su vida en el arte de la actuación tenebrosa en política para alcanzar los favores deseados. Le nació también la conciencia de su estirpe como merecedora de las gracias de Su Majestad; su padre combatió en los ejércitos de los Reyes Católicos en la toma final de Granada y cayó muerto en la batalla de Basa en 1489, se consideraba un huérfano heredero de semejantes glorias.

Con la alegría de quien encuentra una mina se integró a la expedición de doscientos hombres con los que su amigo Julián partiría a las indias. Ambos tenían motivos de sobra para estar felices, la mano real los había tocado, Julián llevaba consigo el nombramiento de Tesorero del reino y Gerónimo el de Comisario de Bulas, además de una merced para ser regidor del primer pueblo que se fundase. Participaron con Cortés para salir a hurtadillas de Cuba y sin el permiso de Diego Velásquez a conquistar las tierras de lo que sería la Nueva España, según lo narra el mismo Bernal Díaz del Castillo en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”: “y digamos cómo en aquella sazón vino un navío de Castilla. en el cual vino por tesorero de Su Majestad un Julián de Alderete, vecino de Tordesillas, y vino un Orduña el Viejo, vecino que fue de la Puebla, que después de ganado México trajo cinco hijas que casó muy honradamente; era natural de Tordesillas. Y vino un fraile de San Francisco que se decía fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de Sevilla, que trajo unas bulas de Señor San Pedro, y con ellas nos componían si algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos meses el fraile fue rico y compuesto a Castilla. Trajo entonces por comisario, y quien tenía cargo en las bulas, a Jerónimo López, que después fue secretario en México”. Vivieron la noche triste, lucharon en la conquista de la Gran Tenochtitlan y la consecuente aprensión del último emperador de los aztecas en 1521, Durante el cautiverio de Cuauhtemoc se puso de manifiesto su gran ambición al apoyar a Alderete en las presiones contra Cortés, con la amenaza de escribirle a Carlos V, de ordenar su martirio quemándole los píes, para obligarlo a revelar el lugar donde se encontraban los grandes tesoros del imperio conquistado.

En su célebre carta dirigida al emperador fechada el 20 de octubre de 1541, pone de manifiesto su intolerancia y su hábil oficio de intriga y tenebra en el arte de informar para difamar, y de paso comete el primer gran atentado en contra de la naciente educación mexicana. Manifestaba drásticamente su inconformidad a la labor misionera de los frailes franciscanos informando: “El primer yerro que se tuvo por los frailes franciscanos, fué dar de golpe el bautismo a todos los que venían por campos, montes, caminos, pueblos . . . sin decirles lo que recibían, ni ellos saberlo, de donde ha parecido bautizarse muchas veces, porque cada vez que uno via bautizar se bautizaba, de donde ha venido a tenerlo agora en poco.

“El segundo yerro fue que luego quisieron predicarle todos los artículos de fé juntos, é aclarárselos, no teniendo fe para entenderlos, ni vaso en que cupiese; de donde ha venido ha haber mil yerros.

“El  tercero, que tomando muchos muchachos para mostrar la doctrina, en los monasterios llenos, luego les quisieron mostrar leer y escribir; y por su habilidad que es grande; y por lo que el demonio negociador pensaba negociar por allí, aprendieron tan bien las letras de escribir libros, puntar, é letras de diversas formas, que es maravilla verlos. . . La doctrina bueno fue que la sepan; pero el leer y escribir muy dañoso como el diablo.

“Quinto, que no contentos con que los indios supiesen leer, y escribir, puntar libros, tañer flautas, cherimías, trompetas é tecla, é ser músicos, pusiéronlos á aprender gramática. Diéronse tanto á ello, é con tanta solicitud, que había mochacho, y hay cada día más, que habaln  tan elegante latín como Tulio . . . si no cesan con lo hecho hasta aquí, y poner silencio en lo porvenir; si no esta tierra se volverá la cueva de las Sibilas, y todos los naturales della espíritus que lean las ciencias”. No sólo puso en entredicho la noble misión de estos monjes, también informó al emperador sobre muchas cosas que sucedían en este lado del mundo en diferentes momentos y escenarios: como el cruel comportamiento y la subsiguiente muerte de su acérrimo enemigo Pedro de Alvarado, y los desmanes cometidos por Nuño de Guzmán en territorio tarasco.

Regresó a España y volvió en 1527 para ocupar el importante cargo de Regidor del Cabildo de la Ciudad de México, puesto que le sirvió para viajar varias veces a la Madre Patria donde realizó importantes gestiones en representación de las nuevas tierras conquistadas. Aguerrido y ambicioso se desplazó por un amplio territorio de la Nueva España conquistando tierras en nombre de Su Majestad, desde la cuenca del Pánuco hasta Oaxaca y Colima. Se cuentan de él una y mil hazañas cuando enfrentaba casi solo a ejércitos de naturales que le oponían resistencia, sembrando en ellos el terror con el lagarto plasmado en su escudo. Y así nació la leyenda, se le conoció en todos los confines de las nuevas tierra conquistadas como el caballero lagarto.

Como a todos los conquistadores cercanos a Cortés, en 1530 Su Majestad los recompensó por engrandecer el dominio español en el mundo conocido ocupando nuevas tierras en su nombre para que con orgullo sus reales labios pudieran expresar: “En mis dominios nunca se oculta el Sol”. Le otorgó el escudo de armas el 26 de junio de ese año para dejar atrás para siempre su inolvidable lagarto y le llegaron a manos llenas las riquezas soñadas, entre ellas, las mercedes de extensas y fértiles tierras bañadas por el río Grande en las inmediaciones de la recién fundada villa de Acámbaro en un valle al que se le empezaba a conocer como Guatzindeo. Serían estas tierras, donde se fundó nuestra ciudad, las que por litigios posteriores en contra de la Corona a los largo de sesenta y cuatro años, fueron la causa directa del otorgamiento del título nobiliario del Marquesado el 18 de marzo de 1708 a la familia López de Peralta, cristalizando de esta forma, la vieja visión del caballero lagarto, que de paso, nos heredó tres siglos de nobleza, que hoy, urge rescatar por el bien de todos y ofrecerla como el mejor de los regalos a la Noble y Leal Ciudad de San Andrés de Salvatierra.

Con la soberbia propia del soldado y el conquistador pronto chocó con el nuevo orden establecido en la nueva nación. Nunca dejó de manifestar su antipatía y oposición al gobierno del primer virrey don Antonio de Mendoza y su rechazo y desaprobación a la actuación del primer obispo fray Juan de Zumarraga.

Ya en el ocaso de su vida y ante realidades tan diferentes a las que vio cuando llegó por primera vez a estos territorios empezó a presentir su muerte, buscó la inmortalidad a través de un heredero que perpetuara su nombre y estirpe. En 1549 se apagaría la vida del caballero lagarto, el 18 de mayo de ese año dictó su testamento y, con lo escrito en él, daría a conocer pasajes de su vida personal desconocidos para plasmar la inmortalidad de su visión: “Que fue casado en primeras nupcias con doña Elvira Álvarez de Mendoza de cuyo matrimonio tuvo un hijo que murió en la infancia y dos hijas llamadas María de la Concepción y Ana de Mendoza. Casó en segundas el 4 de septiembre de 1536 con doña Catalina Álvarez, natural de Badajoz, con la cual estuve casado diez meses y once días porque no fue voluntad de Dios dármela por más tiempo, con la cual Dios me dio un hijo que ha por nombre Gerónimo López porque quede de mí alguna memoria” Palabras proféticas en toda su extensión, con este heredero, mejor conocido como el mozo, comenzaría una dinastía que ostentaría el poder y la riqueza por más de trescientos años a través de los mayorazgos, entre ellos el de Tarimoro, y el Marquesado de Salvatierra. Una vez hecho esto, el caballero lagarto se embarcó para la Madre Patria a la que nunca llegó ni vio jamás al morir en pleno mar océano, aquel mar que se le reveló en su sueño del ya lejano año de 1511.

 

San Isidro Batanes, marzo de 2008.

 

 

Cuento corto

La otra historia . . . . . . . . ¿Fantasía?

Miguel Alejo López
Cronista de la Ciudad de San Andrés de Salvatierra

 

La fustigada noche del 10 de septiembre de 1810 rueda con el estupor de una cabeza cortada. El Cura Hidalgo sabe que las traiciones aceleran las guerras y desatan los nudos de la muerte. Reafirma su convencimiento de que el porvenir está en los criollos, al tratar de hilvanar sus extraviados pensamientos por el nerviosismo ante la espera de las indicaciones de los otros conjurados. Consideraba al corregidor Miguel Domínguez uno de sus más acérrimos enemigos. El religioso ya imaginaba los vapores malsanos de la pólvora en los campos de batalla, la sangre derramada, los heridos de muerte y las dificultades para mantener en orden un ejército improvisado de andrajosos, muchos de los cuales eran sus feligreses.

Algo que disfrutaba Hidalgo era la penumbra de las tabernas que tenían esos pisos carcomidos o a veces hasta de tierra, de ventilación casi nula y con la incipiente iluminación de unas cuantas velas de sebo y, beber el vino con esa mesura que de pronto se pierde y termina en uno que otro traspiés.  Era bueno para catar e ingerir jarras de esos caldos “mareados”, que llegaban desde la península Ibérica.

Esa noche, y en uno de esos lugares, el cura transpiraba abundantemente al asaltar su mente los recuerdos de su juventud; su ordenación como sacerdote en 1778; su participación académica dedicada a impartir las cátedras de Gramática Latina, Artes y Teología Escolástica en el Colegio de San Nicolás en Valladolid entre 1779 y 1792, en donde fungió como Rector y fue objeto de ataques y murmuraciones por su carácter difícil que adquirió de los jesuitas, el trato con mujeres, y su afición al juego; y sobre todo, recordaba a sus hijos: Agustina y Lino Mariano, que tuvo en sus amores secretos con Manuela Ramos Pichardo.

Una y mil interrogantes también se le presentaban: ¿Qué pasaría con los capullos de gusanos de seda que se criaban en el pueblo de Dolores? ¿Qué quedaría de sus libros, cómo La Enciclopedia Francesa, La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que aportó la Revolución Francesa, y el Acta de Independencia de los Estados Unidos de América, todos ellos prohibidos por la Corona Española? ¿Ya nunca más volvería a visitar la Pequeña Francia en el pueblo de San Felipe?; pero había una cuestión que lo inquietaba de sobremanera: ¿Qué sería de “La Fernandita”?, la bella mujer que lo acompañaba esa noche y que atenta escuchaba  como se escucha a un maestro, sus monólogos sobre sus libros o temas de su interés.

Criolla de nacimiento y cuerpo venusino en el que las protuberancias y redondeces, que por la juventud eran tersas y perfectas. Muchacha impetuosa, de las que hacen evidente sus goces con la sola forma de caminar. El cura la disfrazaba de hombre consiguiéndole vestiduras de mozo, la sentaba cerca de él y tocaba sus piernas con insistencia. “La Fernandita” nunca sintió culpa porque sobre todo, los santos varones dedicados a la iglesia eran garañones que tenían mujeres e hijos; en una mano tenían la cruz y en la otra el goce de los placeres de la carne; ella siempre supo de la importancia del Cura de Dolores.

Entró con ella a Guadalajara y ahí se quedó después de la batalla del Puente de Calderón el 17 de enero de 1811, principio del fin para los insurgentes que iniciaron el movimiento armado. Cuando Calleja reconquistó la ciudad el 21 de ese mes, entre las medidas que tomó, fue llevarla ante los tribunales para sentenciarla, se presentó vestida con el uniforme y divisas de capitán; los jueces quedaron cautivados por su discreción y modestia, hecho que contribuyó a despertar aún más la simpatía por “La Fernandita” . Tiempo después, cuando el jefe realista José de la Cruz obtuvo el gobierno de la provincia decretó su libertad.

Corrieron muchos rumores y versiones sobre esta misteriosa joven que acompañó al jefe insurgente durante los primeros días de la lucha por la Independencia. Su verdadero nombre fue María Luisa Camba; pero Hidalgo la bautizó como “La Fernandita”  como un tributo ultramarino a Fernando VII, hijo de Carlos IV y de María Luisa de Borbón y Parma, y por el que sentía una especial admiración por haber ascendido al trono sin luchas ni enfrentamientos, y no dudaba en lo más mínimo de que el poder de la Nueva España recayera en él. Muchos ignorantes del pueblo y de la tropa creían que “La Fernandita”  era en realidad Fernando VII disfrazado de mujer quien, huido de su cautividad de Bayona, se había acogido a la protección de Hidalgo, rumor originado quizá por haber gritado ¡Viva Fernando VII! en el atrio de la parroquia de Dolores. Otros, por las múltiples atenciones que el Cura de Dolores tenía hacia ella, afirmaban que era su hija, habida de la mujer de un español. Pero Hidalgo nunca se preocupó por aclarar, ni siquiera comentar, la realidad de esa relación que tanta curiosidad causaba.

Después del asalto a la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, el Bajío tembló ante la inminente avalancha de las huestes insurgentes que irremediablemente se dirigirían a México y Valladolid. Desde los primeros días de octubre de ese memorable año, algunos de los ricos criollos salvaterrenses, de forma por demás cauta y discreta, se dirigieron al convento de las Capuchinas para hacer entrega a las monjas de sustanciosas cantidades de monedas de oro, que cuidadosamente acomodaban en pequeños sacos de gruesa manta, ante la aparente indiferencia de su capellán el Pbro. Sebastián Benito de la Fuente. Fue en la madrugada del 12 de ese mes cuando corrió la noticia de que Hidalgo se dirigiría a Salvatierra por el rumbo del Jaral. Al amanecer, una avanzada hizo su arribo por el puente del río Grande, tras ellos, y fuertemente custodiada entró una carroza cuyas cortinas negras impedían ver a la gente del pueblo quién era el misterioso pasajero, de inmediato tomó la Calle Real para detenerse frente al zaguán de la casa del Dr. Servín en la esquina de la calle de las Arrecogidas. Daba la clara impresión de que ya era aguardada tan importante personalidad, ya que al instante las puertas se abrieron para que el coche ingresara, sólo transcurrieron unos minutos para que uno  de los ayudantes del cochero se dirigiera al convento de las monjas portando unos pequeños rollos de papel en la mano. Los que fugazmente algo alcanzaron a ver quién se apeaba del coche, no supieron decir si era un hombre que parecía mujer o una mujer vestida de hombre.

Al pardear la tarde arribó Hidalgo en un carruaje mucho más modesto, pasando de largo por la Calle Real hasta llegar al mesón de la Luz en la Plaza Mayor. Al día siguiente, muy temprano cuando todavía los rayos del sol no alcanzan a despejar la oscuridad de la noche, sin ruidos ni gritos, se abrió de nuevo el portón de la casa de la familia Servín, para que el carruaje tomara lentamente la calle hasta llegar a las puertas del convento. Los dos ayudantes del cochero bajaron y llamando calmadamente a la puerta que se entreabrió unos instantes después, sin prisas ni precipitaciones penetraron en el silencioso edificio para sacar cuidadosamente, uno a uno, los pequeños sacos con las monedas de oro y colocarlos en el coche, hecho esto, el cochero acicateó a las bestias para continuar su camino a Acámbaro por el viejo sendero de la hacienda de La Esperanza.

Dos horas después Hidalgo abandonó el mesón para seguir la misma ruta. Fue hasta que salió de la ciudad el último soldado insurgente cuando el capellán de las monjas don Sebastián Benito de la Fuente, como comisario del Santo Oficio se aprestó a redactar su inquisidor informe al tribunal sobre la estancia del Cura de Dolores en Salvatierra. Entre lo que asentó con su puño y letra afirmaba: “Hidalgo pernoctó en el mesón de La Luz, mientras hizo hospedar a su amasia apodada Natera en la casa del Dr. Servín . . . .  días antes, los criollos y gente de bien pusieron a salvo sus pertenencias de valor en el convento de las Capuchinas, de las que soy su capellán . . . “

Por las circunstancias del momento el capellán no percibió que quizá el nombre que le dieron de la amasia era el de la dama de compañía, ya que “La Fernandita” iba vestida de hombre. Y mucho menos, que una gran parte del dinero depositado en el convento eran las aportaciones de los criollos locales destinadas a la causa insurgente a través de Los Guadalupes, organización secreta que tuvo sus orígenes en las logias de la masonería del rito escocés provenientes de la península Ibérica, y cuyo fin principal fue el apoyar al movimiento con recursos económicos y servicios de inteligencia. Esta afinidad ideológica de los grupos locales de poder con Hidalgo explica el posterior apoyo de las familias salvaterrenses de los Esquivel y Vargas, los Zozaya y Bermúdez, los Luyando y Bermeo y los López de Peralta a Iturbide durante su estancia en la ciudad, la consumación de la Independencia y su ascenso al trono como primer emperador de México. En cuyo régimen pasaron a ocupar puestos de primer nivel y, propugnaron en todo momento por el establecimiento de una monarquía en el país. Sólo así se podría explicar también, como personajes salvaterrenses o de gran arraigo local, llegaron a las altas esferas del poder como don Miguel Gerónimo López de Peralta, Sexto Marqués de Salvatierra quien fue de los firmantes del Acta de Independencia y además, se desempeño como capitán de la Guardia Imperial de Iturbide y gobernador de la ciudad de México. Otro fue don José Manuel Zozaya y Bermúdez, primer Ministro Plenipotenciario del Imperio ante el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Y algunos años después don José María Esquivel y Salvago, diputado conservador constituyente en el congreso local en 1824 y gobernador del estado durante la Primera República Federal y su paso al régimen conservador.

Nunca se imaginó el capellán don Sebastián Benito de la Fuente que delante de sus propias narices, estuvo el tesoro más preciado de Hidalgo: “La Fernandita”, y con ella, una gran parte del futuro inmediato de la patria.

¿Fantasía? . . . ¿si? . . . ¿no? . . . ¡Quién sabe!

 

 

 

 

 

Lecturas para niños

 

AGUA DE LEYENDAS

Miguel Alejo López
Cronista de la Ciudad de San Andrés de Salvatierra

¡Agárrate Juanito!

 

Corría el año de 1927, los aguaceros de mayo fueron fuertes y continuos, siguieron en junio y así se fueron hasta muy entrado septiembre. El río aumentó su caudal y pronto salió de su cauce normal. Los salvaterrenses se alarmaron: se había inundado Santo Domingo, en la hacienda de Sánchez el agua les llegaba a la rodilla a los peones que sacaban las cosas de la casa para ponerlas a salvo, se suspendió también el servicio de tranvías, por que había sucedido lo mismo en la hacienda de San José del Carmen.

La población entera acudió al puente de Batanes a ver el río. El agua cubría todos los arcos y alcanzaba a entrar al piso por los agujeros que servían para el desagüe en la temporada de lluvias. La gente iba a cerciorarse de que el agua no se lo hubiera llevado durante la noche.

Las autoridades municipales ordenaron, para seguridad de la población, que desde las seis de la tarde y hasta el amanecer del día siguiente, nadie debería cruzar el puente. Por lo que establecieron una guardia de gendarmería en las entradas del mismo.

Al anochecer de uno de esos días, todo era silencio y oscuridad, sólo se escuchaba el rugir del agua. Uno de los gendarmes de la guardia dijo a su compañero: ¿No oyes a unos niños que se están ahogando? el compañero le contestó: !Vamos a ver¡. Cuando llegaron a medio puente alumbraron con sus linternas, y con asombro se percataron que en el agua no había nadie, las voces de los niños provenían del interior del mismo, y cada vez que la corriente lo azotaba, gritaban con fuerza: !Agárrate Juanito pa’ que no nos lleve el agua¡.

Se cuenta que cuando el puente se empezó a construir en pleno mes de mayo de 1650,  ya  avanzada la obra, llegó una avenida muy fuerte y derribó lo que se llevaba de construido. El arquitecto constructor, desesperado pidió un consejo al diablo,  éste le dijo que a la mezcla le agregara leche y sangre de mula, y que en cada pilar enterrara a un niño vivo recién nacido dedicado a él. Así lo hizo; el puente aún está de píe.

Cuando el agua sube y las avenidas son fuertes, como en la inundación de 1958, dicen algunas gentes que escucharon gritar otra vez a los niños enterrados vivos !Agárrate Juanito, pa’ que no nos lleve el agua¡

 


ío Bárcenas Franco

 

El burro del guayabito

 

Dice la sabiduría popular que la voluntad y los designios de Nuestro Padre Santísimo no están al alcance de los hombres; pero somos necios al querer que el creador haga lo que deseamos y en el momento que decidimos.

Sí hace mucho calor, queremos que llueva; sí llueve, queremos que salga el sol porque nos mojamos; o cuando menos que llueva, pero cuando ya estemos en casa. En fin, todo indica que Dios nunca nos dará gusto.

En cuestiones de ruegos nos conducimos de manera similar: le solicitamos  tal o cual favor a determinado santo que nos recomendaron, o que está de moda, y sí no se realiza nuestro deseo, total, lo cambiamos, renegamos de él, o hasta lo castigamos, sí no, que San Antonio de Pádua nos diga cuantas veces ha estado de cabeza o sin niño, hasta que no conceda lo solicitado.

La presente leyenda es un buen ejemplo de nuestra intolerancia, por un lado, y lo implacable de la Justicia Divina, por el otro.

Desde su fundación y hasta mediados del siglo XX, Salvatierra se surtió de agua potable para mitigar la sed de sus habitantes, de los manantiales de La Angostura y de Urireo.

El agua era traída y distribuida por arrieros o aguadores, que con sus recuas hacían tal labor, llevando cada burro cuatro cántaros, dos en cada costado.

Don Cleto era aguador, más bien, había nacido aguador, su padre, su abuelo, y el abuelo de su abuelo lo habían sido.

Comenzaba su recorrido allá a principios del siglo, en la antigua calle del Arco-hoy Guillermo Prieto- rumbo al puente, tomaba un respiro en el portal de La Brisa y subía por la calle de Los Bravo para repartir en el barrio de San Juan.

Era de carácter agrio y renegado, maldecía a su trabajo, a los burros, y hasta a los chiquillos que intentaban treparse al lomo de alguna de sus bestias. A la gente esto le molestaba, no aguantaban ya sus palabras altisonantes al golpear a los burros con la vara de membrillo o cuando se le rompía algún cántaro, y peor aún, cuando maldecía a los chiquillos que encontraba a su paso, pero todos necesitaban el agua, por eso lo aguantaban.

Un buen día, pasando por el templo del Barrio, dijo al Señor del Socorro: "Tú que a todos socorres, a mí me has olvidado, preferiría ser un burro como éstos que traigo, que seguir siendo aguador, creo que ellos son más felices que yo".

Al tercer día de hecho y dicho lo anterior, mientras tomaba su acostumbrado descanso en el portal de La Brisa, cayó repentinamente muerto. Siguió lo de rigor en estos casos: el velorio, el funeral de cuerpo presente con el consecuente entierro en el panteón, y los nueve días de rosarios por el eterno descanso del alma del difunto.

Pero la Justicia Divina es implacable y no perdona. Para él, tenía designado que no habría tal descanso eterno. Al décimo día apareció en el portal un burro que comenzó a recorrer solitario el camino que días antes hacía don Cleto y desaparecía al terminar la calle de Los Bravo, junto a un guayabito que había crecido a orillas del canal.

Con el paso de los días, los chiquillos se familiarizaron con el animal, trepándosele todos ellos en el lomo, lo curioso de esto era que todos los niños cabían arriba, entre más muchachos se le montaban, el burro se iba alargando. Cuando llegaba al guayabito daba un giro brusco y repentino, arrojando a la bola de chiquillos al canal, pegándoles un buen susto.

Los vecinos disgustados con el comportamiento del burro, le lanzaban toda clase improperios cuando pasaba, algunos más irritados le propinaban buenas dosis de palos. Los chiquillos seguían trepándosele, pero ya se ponían muy vivos y listos a la hora que el animal pretendía lanzarlos al canal, se colgaban como changos en el guayabito.

Tal bestia,  algunos dicen lo han visto ocasionalmente, y otros afirman hasta habérsele trepado, es ni más ni menos que don Cleto, a quien el Señor del Socorro le cumplió su deseo: ser feliz como los burros que le cargaban el agua . . . así es la voluntad y los designios del Altísimo.

 

 

 

La perla
de La Angostura


(Leyenda Prehispánica)

 

Viejas crónicas prehispánicas de la región, recogidas y perpetuadas por los primeros misioneros y pobladores llegados al valle de Guatzindeo, nos trasmiten una bella leyenda de estas tierras.

En el bello y fértil valle de Guatzindeo, rodeado por hermosos cerros y montañas liderados por el imponente coloso de El Culiacán, que como leal vigilante, ha resguardado desde la noche de los tiempos su integridad cultural, alimentada por el río Lerma - el imponente río Tololotlan o chilchahuapan- que como arteria vigorosa lo recorre partiéndolo en dos mitades territoriales que fueron campos propicios para los encuentros y desencuentros de las culturas indígenas que en él habitaron. El valle fue una amplia zona de frontera entre dos formas de vida, dos formas de percibir la existencia del ser humano sobre la faz de la tierra entre los refinados y cultos tarascos y los aguerridos y “bárbaros” chichimecas.

Mientras las leyes y costumbres de los tarascos estaban destinadas a mantener el orden social; las normas de convivencia de los chichimecas eran para la supervivencia en función de los alimentos existentes.

Estos últimos se organizaban en pequeñas bandas nómadas, sobreviviendo con frutos y raíces silvestres que las mujeres recolectaban y el producto de la caza que los hombres realizaban.

Eran diestros en el manejo del arco y la flecha, dormían en el suelo o hasta en pantanos, vestían pieles o andaban desnudos sin bañarse y con la cara pintada o rayada. Sus costumbres hoy nos llenarían de pavor o de indignación moral, eran crueles rayando en lo espartano: si nacían gemelos, al más débil lo abandonaban para que muriera, presa de las inclemencias del medio; si nacía con algún defecto físico sufría igual suerte; si por desgracia la madre moría en el momento del parto, se le enterraba con el recién nacido aún vivo, pues no había quién se hiciera cargo de él.

Pero el valle era lugar de confluencia de razas y el gran río su frontera. Como tal y como todas las fronteras de mundo, lo mercantil no podía faltar. Todos sabemos que el comercio es el mecanismo por excelencia para que el hombre se allegue bienes y cosas para satisfacer sus necesidades.

A orillas del Tololotlan se realizaba esta actividad, según la costumbre era cada mes en la noche de luna llena. Los tarascos trían peces, conchas y moluscos frescos de Pátzcuaro, jícaras matizadas de colores y frutas exóticas de la Tierra Caliente, recibiendo a cambio de los chichimecas: sal, ayates y pieles, cuentas de ópalo de la Sierra Gorda y saetas de obsidiana. Este comercio se realizaba por trueque: es decir, cosa por cosa.

Una noche de tianguis cuando la luna brillaba como nunca, varios nobles tarascos vieron a una hermosa joven chichimeca asomándose entre los sabinos del río. A la luz de la luna, dejaba ver su silueta de formas exquisitas, coronadas por una hermosa cabellera negra que le caía sobre los hombros dándole un aspecto atractivo y enigmático. Los nobles pensaron que la chica era digna de ser una más de las mujeres de su rey. Decidieron comprarla a cambio de una hermosa perla de gran tamaño. El trato se cerró con el papá.

De ella nunca se supo nada, pero en su nueva vida gozó de todas las comodidades preferencias que el rey le dispensaba, sin embargo, extrañaba a su familia y a los demás miembros de su pequeña tribu, pasaba las noches enteras en un continuo llanto hasta quedarse dormida de tristeza y agotamiento. En su antiguo hogar también todos la echaban de menos y le reclamaban al padre haberla intercambiado por su desmesurada ambición. Él, lleno de remordimientos caminaba las noches enteras sin rumbo fijo, llevando fuertemente apretada en una de sus manos la perla que le habían dado a cambio, sin que su recuerdo se borrara de su mente.

Una noche, desesperado y caminando por el campo, se detuvo en un pequeño montículo de piedra. En el silencio de noche vio la inmensidad del valle y las imponentes siluetas de los cerros que lo rodean como celosos guardianes, y gritando lastimeramente con todas sus fuerzas, lanzó al vacío la hermosa perla que tantos tristes recuerdos le provocaba.

Cuentan las crónicas que en el lugar donde cayó la perla brotaron las lágrimas de su hija ausente tomando la forma de un hermoso manantial de aguas claras y frescas que apagaron la sed de los habitantes del valle.

Así brotó y así nació nuestro venero de La Angostura.

 

 

 

 

 

La maldición del
Charco


(Leyenda Prehispánica)

 

Y  se rompió la calma.

!Se ahogó Toto¡ !se ahogó Toto¡ gritaba Juanillo a los chiquillos de la pequeña pandilla del callejón del Padre Eterno. Piri, el mayorcito, le preguntaba: ¿dónde? ¿dónde?, -en el río, en el río-, contestaba. Olalde, su mejor amigo, le daba unas ligeras palmadas en la espalda para que se calmara, mientras Carmelo y Santitos, los más pequeños, nada más abrían más los ojos sin decir palabra.

Ya más sereno, Juanillo les dijo que fue en el charco de Nanajuana, como a la una, cuando salió de la escuela. Toto era el mejor de la pandilla, sabía nadar y jugar a lo que fuera, muy bien. Lo buscaron todo el día, y nada.

Al día siguiente, ya desesperada la familia, recurrieron a la vieja creencia de fijar una vela bendita encendida sobre una pequeña tabla para ponerla a flotar en el agua, donde se detuviera, ahí estaba el cuerpo. Pero el charco no lo soltaba, salió a flote hasta los trece días.

Decía la gente que en los últimos meses ya iban dos que se ahogaban allí, sin contar al viejito que le pasó lo mismo en diciembre del año pasado, y a todos los soltó hasta los trece días.

Las aguas del charco invitan a nadar, apacibles y plácidas bajo la fresca sombra de los sabinos que lo rodean, esconden su traición. De pronto, cuando alguien está en ellas, algo pasa desde el fondo que los jala y nos los suelta hasta que cumplen el plazo maldito.

Era el año de 1659, habían pasado apenas quince años de la fundación de Salvatierra, cuando el indio Juan Miguel fundó el barrio de San Juan  con un grupo de naturales.

Juan Miguel nació en Guatzindeo y pasó su juventud en la hacienda de don Francisco de Raya. Desde pequeño mostró una gran inclinación hacía las cosas de la iglesia y de la fe, siguió a los misioneros franciscanos desde el hospitalillo hasta que se establecieron en el pueblo de Chochones, donde se desempeñó como alguacil de la doctrina.

Trabajó con celo y entusiasmo en el crecimiento y desarrollo del barrio, invitando a los vecinos a convivir en paz y quietud, y no permitía que se aceptaran en la comunidad gentes de malvivir que relajaran la moral y las buenas costumbres.

Ya muerto Juan Miguel, los naturales del barrio seguían observando las normas de moralidad que les dejó. Entre esas normas se había destinado, en la rivera del río, el paraje conocido como el charco para que las mujeres bajaran a lavar la ropa y bañarse, era un lugar exclusivo de mujeres, no se permitía que ahí entraran los hombres. Esta moralidad fue cuidada también por las autoridades: en 1759, el virrey ordenó a la justicia del partido de Salvatierra, le informara sobre como impartían justicia los naturales del barrio; y en 1771, las autoridades de la Nueva España pedían al alcalde mayor de la jurisdicción de Salvatierra, les indicaran que personas no indígenas habitaban en él y, que perjuicios les habían causado.

Estaba a cargo de la vigilancia del charco Juana, una india mayor de edad a la que todos llamaban cariñosamente “La Nana”. Era costumbre de las mujeres; adultas, jóvenes, y niñas, lavar la ropa sin prendas de vestir, desde los hombros hasta la cintura, se quedaban únicamente con su falda. Para bañarse lo hacían desnudas, al fin no había hombres y estaban al cuidado de la nana Juana.

Pero la fatalidad llegó un día, un grupo de rufianes mestizos dedicado a asaltar a los viajeros que transitaban por el viejo camino a Acámbaro, allá por el rumbo de La Esperanza, llegó al charco. Los comandaba Elpidio Ziquini, mejor conocido como “El Tuerto”, hombre sin escrúpulos y de negros y horrendos pensamientos a quien la justicia buscaba por la gran cantidad de atrocidades y crímenes que cometía. Él y sus hombres atacaron a las mujeres, con tal saña, que fueron ultrajadas, violadas y brutalmente asesinadas.

La única que quedó con vida, a lo mejor por su edad fue la nana Juana. En su coraje y desesperación se arrojó al agua para morir, pero al hacerlo lanzó una tremenda maldición sobre el charco: en él no se podrían bañar los hombres, y el que lo hiciera, moriría ahogado en sus aguas y su cuerpo permanecería en el fondo durante trece días, un día por cada mujer muerta ese fatídico día.

El charco de Nanajuana sigue cobrando vidas de hombres, y no los suelta durante trece días.

 

 

 

 

La llorona


(Leyenda Colonial)

 

En aquella noche de plenilunio del año de 1695, en plena época colonial salvaterrense. Toribio, Andrés, y Casimiro Luciano, hacían la guardia nocturna en la calle del Indio Triste –hoy calle de Morelos, entre la calle de Manuel Doblado y el Boulevard-, desde ahí podían ver toda la calle que baja desde el convento franciscano, hasta la capilla de El Calvario, a un costado de la vieja hacienda de Sánchez, donde veneraban al Señor de la Clemencia. Hacía tiempo habían asentado en lo que hoy es el barrio de Santo Domingo su comunidad de indios de San José. Los tres indígenas estaban inquietos, no era para menos, tenían serios problemas con los religiosos Carmelitas por la posesión de las tierra del barrio, hasta el Tribunal de Indios de la Nueva España y el virrey, habían tenido que intervenir en el litigio.

De pronto, estalló un horrendo grito: Aaaaaaaay mis hijos. . . Aaaaaaay aaaaaaay! -  El lamento se repetía tantas veces como horas tenía la madrugada en que una dama de vestiduras vaporosas jugueteando al viento, se detenía frente a ellos y mirando hacia la Capilla del Calvario,  musitaba una larga y doliente oración, para volver a levantarse, lanzar de nuevo su lamento y desaparecer a lo  largo de la calle, que entonces llegaba hasta los ejidos de la ciudad y cerca de la vieja hacienda. Había salido de las aguas del canal Gugorrón, y bajado por la calle de San Francisco. Era un alarido lastimoso, hiriente, sobrecogedor. Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía. El grito se fue extendiendo sobre el llano de San José, rebotando contra los montes y enroscándose en las copas de los árboles, llegó, al parecer, hasta las alturas del gran cerro de Culiacán.

Toribio, el más joven, se levantó,  y pudo ver hacia el norte una figura blanca, con el pelo peinado de tal modo que parecía llevar en la frente dos pequeños cornezuelos, arrastrando o flotando una cauda de tela tan vaporosa que jugueteaba con el fresco de la noche plenilunar. Cuando se hubo opacado el grito, y sus ecos se perdieron a lo lejos, todo quedó en silencio.

Jamás hubo valiente que osara interrogarla. Todos convinieron en que se trataba de un fantasma errabundo que penaba por un desdichado amor, bifurcando en mil historias los motivos de esta aparición. Los románticos dicen que era una pobre mujer engañada, otros que una amante abandonada con hijos, hubo quienes bordaron la consabida trama de un noble que engaña y que abandona a una hermosa mujer sin linaje, otros, la historia de una mujer de vida ligera, que mata a sus hijos ahogándolos el río o en algún canal de los que existen en nuestra tierra. Lo cierto, es que desde entonces se le bautizó como "La llorona", debido al desgarrador lamento que lanza por las calles,  y que por muchos lustros constituyó el más grande temor callejero, pues toda la gente evitaba salir de su casa y menos recorrer las penumbrosas callejas coloniales, y de hace todavía algunos años, cuando ya se había dado el toque de queda o el sereno había apagado las luces.

Muchos timoratos se quedaron locos y jamás olvidaron la horrible visión de "La llorona", y los perros enloquecen al oírla llorar, hombres y mujeres "se iban de las aguas” y cientos enfermaban de espanto. En nuestros días, hay testimonios de su aparición, gente noctámbula ha visto una mujer igualmente vestida de blanco y con las negras crines de su pelo tremolando al viento de la noche, aparece cruzando nuestras calles y plazuelas como al impulso del viento, deteniéndose ante las cruces, templos y cementerios, y las imágenes iluminadas por lámparas en pétreas ornacinas, para lanzar ese grito lastimero que hiere el alma.

Decían los más viejos, que su presencia es anuncio de desgracia, enfermedad o muerte. Con su llanto y sus gritos, la llorona comunica, a quienes sepan oír, el trágico destino. Pero los salvaterrenses no la supimos escuchar desde el siglo XIX, cuando el cólera morbos y el tifo azotaron la ciudad; ni aquel fatídico 13 de abril de 1913, cuando un pavoroso incendio consumió la fábrica La Reforma; ni en los años de 1927 y 1958, cuando Salvatierra fue desvastada por las inundaciones provocadas por las crecidas de El Lerma; o cuando se colapsó el puente de La Quemada en los años setenta, causando dolor y muerte; y más recientemente, aquella madrugada del 2 de enero de 2002, en la que Salvatierra tuvo que huir por la fuga de gas venenoso en una planta industrial; y por que no, a finales de mayo de ese mismo año, cuando se quemó nuestro Santuario Diocesano.

Es posible hacerla retroceder alzando un cuchillo a modo de cruz o con un crucifijo de plata. Según otras versiones, gime pidiendo ayuda. Si alguien se acerca a socorrerla, le roba todo lo que lleva, incluso la ropa.

 

 

 

 

La boda de los cerros


(Leyenda Prehispánica)

 

Al cerro de Culiacán desde tiempos inmemoriales, la tradición lo considera una montaña sagrada, esta información se enriquece por los testimonios arqueológicos y documentales que actualmente se conocen. Está formado por corrientes sucesivas y sobrepuestas de lava que salieron por un cráter que fue obstruido por la última corriente.

Su gran tamaño con profundas barrancas y grutas llamó siempre la atención de los grupos humanos que habitaron en sus inmediaciones. El Culiacán encierra un maravilloso mundo de enigmas, desde un centro ceremonial prehispánico, las cruces que representan la evangelización durante la Colonia, y las estaciones repetidoras en la actualidad.

En la cumbre se siente estar más cerca de la madre tierra y más próximos al sol. La luz y la oscuridad, lo de arriba y lo de abajo. Impuso respeto entre los antiguos pobladores cuando escuchaban sus habituales ruidos internos.

La tradición refiere que esta montaña estaba poblada de encinos y matorrales. Los caporales que llevaban ganado conocían un sendero que llevaba al fondo de una gruta en donde se encuentra una laguna, como un paraíso encantado, en donde regularmente sufrían la pérdida de sus animales. Era una cueva muy profunda y en cuyo centro corría un torrente de agua que se suponía ser la comunicación con los cráteres de Valle de Santiago. Los labradores del valle de Guatzindeo aseguraban que esta fantástica caverna sólo permanece abierta por unos momentos a la media noche, abriéndose y cerrándose por diabólica magia. En aquel paraíso, se encuentran árboles y frutos muy desarrollados que al sacarlos a la luz del día entran en estado de descomposición, transformándose en sapos y culebras.

La magia de la montaña tejió desde tiempos inmemoriales hermosas leyendas.

Los antiguos habitantes del valle de Guatzindeo, muchos años antes de la llegada de los conquistadores a estas tierras, pasaban miles de penurias por las continuas luchas y peleas que tenían por él, los cerros que lo rodean.

El gran coloso de Culiacán siempre despertó el interés de sus admiradoras vecinas: La Gavia y Tetillas, que continuamente se disputaban el amor del enorme guardián de estas tierras.

En una de las últimas disputas, Tetillas enojada por la indiferencia de que era objeto por parte de Culiacán, le lanzó una enorme roca que le tumbó el copete, quedándose estacionada precisamente en su cima.

La Gavia por defender a su prometido, le tiró a Tetillas un enorme golpe que la partió en dos, quedando así desde esos tiempos inmemoriales.

Los habitantes cansados de soportar tanta disputa que no les permitía desarrollar su vida normal y en paz, acudieron a las luminarias de Yuriria y del Valle de Santiago para consultar al gran dios, rogándole que pusiera fin a tales pleitos.

El dios tomó una sabia decisión: casar de una vez por todas a Culiacán con La Gavia, dándoles de regalo de bodas el Don de pronosticar las lluvias en el valle.

El dios dijo a los antiguos habitantes que, “cuando vieran a La Gavia con rebozo y a Culiacán con sombrero, seguro aguacero” . . . por esto, desde tiempos inmemoriales nuestra gente del campo sabe cuando va a llover.

San Isidro Batanes, mayo de 2010.

 

 

El agua es nuestro patrimonio de vida ¡Cuídala!

 

 

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